
A comienzos de los setenta, en las ciudades amazónicas de Perú —Iquitos, Pucallpa, Moyobamba— empezó a pasar algo particular.
Grupos locales conectaron guitarras eléctricas con órganos, timbales y percusiones, y encontraron una forma propia de tocar cumbia que no venía de Lima ni de Colombia, sino de la selva.